Capítulo 1

1
Abraham Czernik

Me observan miles, millones de muertos. Víctimas de la arrogancia y del desprecio, y también del desencanto. Son ellos, quienes me precedieron, con sus alegrías, sus ilusiones, sus ideas, sus temores, sus amores, sus enojos, sus decepciones, sus canciones, sus palabras, sus labores los que me dan fuerza para continuar. Desde sus miradas esperanzadas de rencores olvidados y ternuras anheladas, se revelan las razones que me empujan a vivir.

Abraham Czernik nació presumiblemente el 12 de octubre de 1899 en Horodetz, una pequeña aldea de Bielorrusia cercana a Brest que, por esos años, tenía alrededor de mil ochocientos habitantes, muchos de ellos, un poco menos de la mitad, de ascendencia judía. Parte de su adolescencia la pasó en el vecino Antopol, un pueblo de mayor tamaño en el que en 1897 había censados más de tres mil judíos sobre una población total de tres mil ochocientos setenta habitantes. Era el mayor de cinco hermanos, tres varones y dos mujeres, hijos de Arie Czerniuk y Shifra Jarmut. Aunque parece improbable, también es posible que haya nacido en 1895 en Kiev, actual capital de Ucrania, tal como indica su documento de identidad argentinoi.
El listado de pasajeros de un libro de desembarcos que se conserva en la Dirección General de Migraciones registra su entrada a la Argentina el 20 de noviembre de 1922. Llevaba pasaporte ruso. Sus hijas descreyeron siempre de la veracidad de este documento. Preferían pensar que su padre había salido de Rusia después de la muerte de Lenin, escapando de las persecuciones contra los judíos iniciadas por Stalin. En 1930, llegó al país Jeremías, uno de los dos hermanos de Abraham, seis años menor que él, junto a su mujer Bloomah Grinberg, nacida en Antopol. El resto de su familia permaneció en Bielorrusia, que en aquella época formaba parte de la efímera República de Polonia de entreguerras.
En mayo de 1946, Abraham Czernik vivía en Buenos Aires en una casona construida a principios de siglo en el número 221 de la calle Riobamba, entre Sarmiento y Cangalloii. Estaba casado con Esther Sapire, con quien tuvo tres hijas. Bety, la mayor, había nacido el 20 de marzo de 1930, exactamente nueve meses después del casamiento de sus padres, el mismo día en que la esposa de Czernik cumplía veintitrés años. Yuyi, la hija del medio, un 9 de Julio, el Día de la Declaración de la Independencia Argentina, y estaba por cumplir trece años en esos días. Ofelia, la menor de las tres, había nacido el 23 de octubre de 1935 y tenía diez años.

Czernik se dedicaba a la comercialización de maderas finas provenientes del noreste de la Argentina y del Paraguay, y tenía una mueblería en la calle Sarmiento 1164, entre Libertad y Cerrito, a menos de diez cuadras de su casa. Además, era miembro de la comisión directiva del Hospital Israelita. Ese lunes, como todos los mediodías, volvió a su casa a almorzar. Al oírle entrar, su mujer salió a recibirlo. Se la veía más contenta que de costumbre.
—Abraham, recibiste carta de Europa, me parece que es de tu hermano, te la dejé encima del escritorio —le dijo entusiasmada en idish.
Él sonrió ligeramente. Entró en su despacho, se sacó el sombrero de fieltro gris oscuro y tomó la carta. Estaba fechada en Breslau, ciudad de Alta Silesia, por entonces ya parte de Polonia. Le pareció reconocer la letra de Pinhas, el menor de sus hermanos. Sintió alegría y también temor. Desde finales de 1939, no tenía contacto postal con nadie de su familia. Se sentó y cerró los ojos durante un instante. «La guerra al fin terminó», se dijo mientras abría el sobre con un abrecartas de alpaca labrada que le habían regalado sus hijas para su cumpleaños. La carta, escrita en idish, era de apenas una página. La letra, aunque pequeña, era clara y de trazo firme.
Breslau, Silesia, 2 de mayo de 1946
Querido hermano:
Siempre me pregunto cómo estarán tú y Jeremías. Disculpa que no haya podido escribirte antes, han sido tiempos terribles los que hemos pasado. Me comprendes, no tengo dudas. La guerra ha arrasado nuestro mundo. Todo es desolación y muerte.
Afortunadamente, mi esposa Genia y mis hijas Iritz y Tzila están conmigo. Iritz tiene 4 años y Tzila aún no ha cumplido un año. Nació poco después de la rendición de los nazis. Llegamos hace pocos días a esta ciudad rumbo a Palestina, el soñado Eretz Israel, aunque por ahora debemos quedarnos aquí.
Hemos vivido para ver el día en que la justicia triunfó. ¡Pero para ello pagamos un precio colosal! Horodetz fue arrasado. En Antopol no quedan rastros de vida judía. Los nazis, con la ayuda de los gentiles del pueblo, asesinaron a todos los habitantes de los guetos. Nuestra madre y nuestras hermanas Radia y Peshka con su marido y sus dos maravillosos pequeños hijos, Rochele y Yudele, Zivia, la madre de mi esposa, y su hermano Avromtze, todos ellos, al igual que otros de nuestros parientes y vecinos de todas las edades, fueron asesinados por los tenebrosos grupos de tarea de las SS y arrojados en grandes fosas comunes como si fuesen perros sarnosos…

En este punto, Abraham Czernik dejó de leer, volvió a poner la carta en el sobre y la guardó en un cajón de su escritorio. Encendió un cigarrillo y, durante un instante infinito, se quedó sentado, casi inmóvil, con la cabeza apoyada sobre la cabecera de su sillón tapizado de terciopelo bordó, la mirada fija sobre un calidoscopio de nostalgia, culpa y una profunda tristeza que ahondó el dolor añejo que sentía desde que abandonó a los suyos para emigrar a la Argentina. Después, se levantó, apagó el cigarrillo a medio fumar y fue al baño a lavarse las manos para comer.

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