Introducción

“Seis millones no es para nosotros más que un simple número, mientras que la evocación del asesinato de diez personas quizá cause todavía alguna resonancia en nosotros, y el asesinato de un solo ser humano nos llene de horror.” Gunther Anders, Nosotros, los hijos de Eichmann: Carta abierta a Klaus Eichmann, 2001.

El que es verdugo de un solo ser humano sigue siéndolo por toda la vida. Puede elegir otro oficio, ocultarse bajo otra identidad, pero el verdugo – o al menos la máscara del verdugo – le quedará adherida en la piel para siempre” Elie Wiesel, El alba, 1960.

Introducción
Nazis en la Argentina

Entre los miles de refugiados europeos que después del final de la Segunda Guerra Mundial entraron legal e ilegalmente a la Argentina, un número indeterminado, aunque no pequeño, eran criminales de guerra y colaboracionistas, nazis alemanes, austriacos y serbios principalmente. Muchos de ellos contaron para entrar al país con la complicidad de miembros de la Iglesia Católica y de funcionarios del Gobierno argentino. Algunos ingresaron con sus nombres verdaderos; otros, la mayoría, con identidades de fantasía facilitadas por sus protectores.
La recepción de los fugitivos, en palabras de Juan Domingo Perón, presidente de la época, se realizó por «un sentido de humanidad», si bien el motivo principal era, presuntamente, conseguir técnicos y científicos capacitados que pudieran contribuir a impulsar el desarrollo industrial del país. El periodista y escritor Tomás Eloy Martínez señala que Perón confiaba, además, en que ex miembros de la Gestapo y otros cuerpos de seguridad serían útiles para mejorar el funcionamiento de la Policía local. Sobre las razones, justificaciones y consecuencias de la postura del ex presidente no es oportuno adentrarnos. Lo cierto es que no hay evidencia alguna de que, salvo contadas excepciones, los recién llegados aportaran conocimientos técnicos relevantes para el desarrollo de la industria nacional y la investigación científica. Acerca de la formación de la Policía y otras fuerzas de seguridad es de esperar que el fracaso haya sido similar, aunque las prácticas aberrantes de la Junta Militar que gobernó el país entre 1976 y 1983 permiten suponer que los «expertos» nazis consiguieron transmitir algunas enseñanzas.
Es, así, que durante los años de la posguerra, junto a un número no elevado de técnicos y científicos alemanes y centroeuropeos, se refugiaron en la Argentina muchos oficiales de las SS y la Gestapo, militares y funcionarios de distintos rangos y niveles de responsabilidad en la gestación, administración y ejecución del terror vivido en Europa pocos años antes. Miembros de los Einsatzgruppen (grupos de asalto del ejército nazi dedicados al exterminio de judíos, gitanos y partisanos de la resistencia en Europa Oriental), guardias de los campos de concentración y de exterminio, colaboracionistas de distintas nacionalidades y otros seres de similar e infame naturaleza, partícipes directos e indirectos de las matanzas, asesinos y torturadores, se instalaron en el país. La mayoría de ellos consiguió mantenerse en el anonimato hasta esfumarse, convertidos en honorables y respetados ciudadanos argentinos sin que sus vecinos sospecharan nunca acerca de sus verdaderas identidades. En pocos casos, la personalidad o relevancia del acusado, el alcance y características de sus acciones, la equivocada convicción de impunidad e, incluso, en ciertas oportunidades la casualidad, contribuyeron a revelar la presencia de algunos de estos criminales en el país.

Los dos casos más resonantes fueron los de Josef Mengele y Adolf Eichmann. Mengele, siniestro médico del campo de exterminio de Auschwitz, ingresó a la Argentina el 20 de junio de 1949 con pasaporte de la Cruz Roja Internacional a nombre de Helmut Gregor y vivió en Buenos Aires durante diez años, los últimos con su verdadera identidad. Dos años más tarde, el 15 de julio de 1951, llegó al Puerto de Buenos Aires un tal Ricardo Klement, natural de Tirol del Sur, Italia, con pasaporte emitido por la Cruz Roja Internacional y Visa en regla firmada por el cónsul argentino en Génova. El recién llegado era, en realidad, Adolf Eichmann, responsable de las deportaciones masivas de judíos a los campos de exterminio nazis. El 11 de mayo de 1960, mientras volvía de su trabajo, fue capturado a pocos metros de su casa por un comando secreto israelí. Vivía en una modesta casa en el norte del Gran Buenos Aires junto a su mujer e hijos, y trabajaba como electricista en la fábrica de camiones de Mercedes Benz. Días después de su captura, fue trasladado clandestinamente a Israel para ser juzgado como responsable del asesinato de millones de judíos. Fue condenado a morir ahorcado, y fue ejecutado en Israel la noche del 31 de mayo de 1962. Mengele, en cambio, consiguió escapar a Paraguay. Posteriormente, se radicaría en Brasil, donde presumiblemente murió ahogado en el mar el 7 de febrero de 1979. Otras versiones señalan que a finales de la década de 1950 regresó a Alemania, protegido por el Gobierno de ese país.
Mengele y Eichmann no fueron los únicos. A mediados de la década de 1990, casi medio siglo después de terminada la guerra, los habitantes de la bucólica y turística Bariloche se conmocionaron cuando se hizo público que Otto Pape, ex director del colegio alemán de la ciudad y participante activo en la vida comunitaria, era, en realidad, Erich Priebke, un ex capitán de las SS acusado de graves crímenes de guerra, algo que muchos miembros de la sociedad local, en especial, de la comunidad alemana, ya sabían pues el propio Priebke solía contar con orgullo que durante la guerra había sido miembro de las SS.
Esta revelación confirmaba la creencia de muchos argentinos sobre la presencia de numerosos nazis entre la nutrida colonia alemana de esta localidad de los Andes Patagónicos que, no por casualidad, se había incrementado notablemente durante la década de 1950. Entre los nazis que se sabe que vivieron en Bariloche, encontramos a los oficiales de la Gestapo Max Naumann, Ernest Hamann, Oskar Berger, Winfried Schroppe y el ex espía militar del reich, Reinhard Kopps, quien durante la posguerra, aún en Europa, había gestionado en el consulado argentino de Génova los permisos de entrada al país de cientos de nazis y fascistas con identidades falsas, provistos de pasaportes de la Cruz Roja Internacional, vía por la que habían conseguido entrar al país, entre muchos otros, Mengele, Eichmann y el propio Priebke. Fue precisamente Kopps, alias Juan Maler, quien en 1994 traicionó a Erich Priebke durante una entrevista que concedió a un equipo de una cadena de televisión estadounidense: «SS, ¿yo? No. SS es Priebke. Vayan a verlo, lo encontrarán fácil, se hace llamar Otto Pape», les dijo cuando le preguntaron acerca de su filiación nazi. Tras la detención de Priebke, Kopps, al igual que otros alemanes residentes en Bariloche, se esfumó.
Después de un discutido y complejo proceso de extradición, Priebke fue entregado a Italia. Inicialmente, un tribunal de primera instancia argentino negó la expulsión, considerando que los asesinatos de los que se lo acusaba habían prescripto, aunque finalmente la Corte Suprema de la Nación autorizó la extradición, que se hizo efectiva el 21 de noviembre de 1995. En 1998, un tribunal de Roma lo condenó a prisión perpetua por el fusilamiento de más de trescientas personas, entre ellas, setenta y cinco judíos, en un hecho conocido como la Masacre de las Fosas Ardeatinas, cometido en 1944.
Por otro lado, Eduard Roschmann, comandante de las SS, conocido como el Carnicero de Riga por su ferocidad con los judíos, vivió en Argentina durante treinta años. Llegó al país en 1948, procedente de Génova, al igual que tantos otros nazis, con un pasaporte de la Cruz Roja Internacional a nombre de Federico Wegener. El señor Wegener o Wegner, como prefería hacerse llamar, responsable de la muerte de decenas de miles de judíos en el campo de concentración de Riga, fundó una empresa de importación-exportación de madera, actividad que lo llevó, a pesar de sus reparos, a relacionarse comercialmente con muchos judíos fabricantes de muebles y dueños de mueblerías.
En 1968, tras más de veinte años de residencia en el país, Wegener obtiene la nacionalidad argentina. En 1977, el Gobierno de Alemania Federal presenta ante el argentino un pedido de extradición por crímenes de guerra a nombre de Eduard Roschmann, alias Federico Wegener, alias Fritz Wegner, ciudadano argentino, ex comandante de las SS. En julio de ese año, la justicia dicta la orden de arresto. Roschmann huye de inmediato a Paraguay. El 10 de agosto, apenas un mes después de abandonar Buenos Aires, muere en Asunción de un ataque al corazón. El diario El País de España publica unos días más tarde una nota de agencia fechada en Asunción y Buenos Aires, que da cuenta de la noticia.

Parece confirmarse la muerte del criminal de guerra Roschmann
AGENCIAS – Asunción, Buenos Aires – 16 de agosto de 1977

En medios cercanos a la Interpol y a la Policía paraguaya, se indica que «parece confirmarse» que el criminal de guerra nazi, Eduard Roschmann, el Carnicero de Riga, falleció el miércoles pasado en el Hospital de Clínicas de Asunción.
En la Interpol se ha señalado que las huellas dactilares de la persona fallecida en el hospital coinciden con las de Federico Wegener, nombre con el que se encubrió durante los últimos años el buscado criminal de guerra. Roschmann ha sido acusado por un tribunal de Hamburgo de haber exterminado a cuarenta mil judíos en Riga, durante la Segunda Guerra Mundial.
Entre las ropas del hombre fallecido en Asunción, se encontró una nota con el siguiente mensaje: «En caso de mi fallecimiento, infórmese a la señora Edith Rademacher, calle Güiraldes 824, Acassuso, Provincia de Buenos Aires, Argentina».
Edith Rademacher ha desaparecido hace dos años de la citada localidad bonaerense, junto con otro presunto criminal de guerra nazi, Walter Kutschmann, a quien se le atribuye la muerte de treinta y ocho profesores judíos en Lemberg, Polonia.

Walter Kutschmann, el otro fugitivo nazi que menciona el artículo de El País, ingresó al país el 16 de enero de 1948 haciéndose pasar por el sacerdote carmelita Pedro Ricardo Olmo Andrés, un religioso español nacido en Ciudad Real en 1906. Con ese nombre e identidad obtuvo la nacionalidad argentina el 28 de agosto de 1950. Por lo visto, ningún funcionario de migraciones ni tampoco del registro civil en el que se le otorgó la nacionalidad notó algo extraño en el peculiar acento alemán del supuesto sacerdote español. Kutschmann fue oficial de las SS y jefe de Asuntos Judíos de la Gestapo en Galitzia, región sudoccidental de Ucrania. Entre otros crímenes, se lo considera responsable de haber comandado durante los años 1941 y 1942 el exterminio de miles de habitantes judíos de esta región, en particular, en las ciudades de Drohobycz y Tarnopol. Durante casi treinta años, vivió tranquilo en Buenos Aires junto a su mujer, Elizabeth Pospischil, de nacionalidad austríaca.
A finales de junio de 1975, la prensa argentina se hizo eco de las denuncias de Simón Wiesenthal en Viena, que afirmaba que Pedro Ricardo Olmo era, en realidad, Walter Kutschmann, ex miembro de la Gestapo que trabajó en la empresa Osram, fabricante de bombillas y lámparas eléctricas, en donde llegó a ser jefe de compras. Al hacerse público su pasado, Kutschmann fue despedido de su empleo, tras lo cual se refugió en Miramar, una localidad de la Costa Atlántica, situada a unos cuatrocientos kilómetros al sur de Buenos Aires, en donde acostumbraba veranear. Tiempo después, los porteros y ascensoristas de Osram lo recordarían como «un hombre que jamás saludaba, orgulloso y poco amable, que todos los días llegaba y se iba puntualmente zambulléndose en la boca del subterráneo…». Un ciudadano gris, poco dado a la efusividad, cuidadoso de su falsa identidad al extremo de establecer vínculos con círculos culturales cercanos a la colectividad judía.
El 2 de julio de 1975, al conocerse la verdadera identidad de Pedro Olmo, la Asociación Israelita de Sobrevivientes de la Persecución Nazi solicitó a las autoridades que le quitarán la nacionalidad argentina, en cuanto había ingresado al país y había obtenido la ciudadanía con una identidad falsa. El Gobierno alemán, por su parte, entre 1975 y 1982 presentó ante las autoridades argentinas varios exhortos judiciales solicitando que se le tome declaración testimonial a Kutschmann como imputado en el marco de un sumario en su contra abierto en Hamburgo por complicidad en homicidios cometidos durante la guerra. El pedido fue rechazado, o ignorado, en varias oportunidades. Argentina, por entonces, estaba gobernada por una junta militar responsable del asesinato, tortura y desaparición de varios miles de compatriotas. Durante esos años, Kutschmann y su mujer se dedicaron a promover entre las asociaciones de protección a los animales el uso de cámaras de gas para solucionar el problema de la proliferación de perros callejeros. Hay comportamientos e ideas que perduran. Escalofriante.
En 1984, ya recuperada la democracia, tras varios años de silencio, la justicia reabrió el caso y se comprobó fehacientemente que Pedro Ricardo Olmo era, en realidad, Walter Kutschmann. Confirmado el fraude, el 1º de octubre de 1985, la Embajada de la República Federal de Alemania solicitó al Gobierno de la República Argentina la extradición del ciudadano alemán naturalizado argentino Walter Kutschmann, alias Pedro Ricardo Olmo, acusado de genocidio y homicidio de miles de personas. Con el visto bueno del Procurador General de la Nación, la extradición fue concedida por decreto del Presidente de la República, Nº 2134-M-290, firmado el 15 noviembre de 1985 por el canciller Dante Caputo, Ministro de Relaciones Exteriores y Carlos Alconada Aramburú, Ministro de Educación y Justicia.
Kutschmann fue detenido el 14 de noviembre a las once de la mañana en la localidad de Florida, un día antes de la firma del decreto y varios días antes de su publicación, y fue puesto a disposición del juez federal Fernando Archimbal. Tanta premura no sirvió de mucho: la extradición nunca se haría efectiva. Apelaciones, tecnicismos y otras triquiñuelas legales la fueron retrasando, hasta que el 30 de agosto de 1986 el asesino de miles de judíos murió de un ataque al corazón en el Hospital Fernández de la Ciudad de Buenos Aires. Walter Kutschmann, alias Pedro Olmo, fue enterrado el 1º de septiembre en el cementerio alemán de Los Polvorines. Como tantos otros nazis, nunca fue juzgado por sus crímenes.
Distinto es el caso del ex comandante de las SS Ludolf von Alvensleben, acusado de ser responsable de ordenar ejecuciones en masa de miles de personas en Crimea y Prusia Oriental. En 1952, obtuvo la ciudadanía argentina con el nombre de Carlos Lücke. Cuatro años más tarde, se radicó en Santa María de Calamuchita, provincia de Córdoba. Murió en 1970 siendo una persona querida y admirada por sus vecinos. Nunca fue juzgado por sus crímenes. Caso similar, aunque de mucho menor alcance, es el de Fridolin Guth, antiguo miembro de la Policía Política nazi en Francia, quien murió en 1989, a los ochenta y nueve años, en Agua de Oro, una pequeña localidad cercana a la ciudad de Córdoba, en donde tenía una pastelería conocida en toda la provincia por la calidad de su strudel de manzana. Guth había obtenido la nacionalidad argentina con su nombre verdadero y, durante las cuatro décadas que vivió en el país, nunca fue perseguido.
Un caso distinto a los anteriores es el de Gerhard Bohne, un médico alemán acusado de planificar y ordenar la muerte masiva de personas con enfermedades mentales para liberar plazas en los hospitales públicos alemanes que entró en el país a finales de la década de 1940. En 1966, el Gobierno argentino, presidido por el Dr. Arturo Ilia, aceptó la extradición solicitada por Alemania Federal. Otro criminal de guerra que encontró refugio en la Argentina fue Josef Franz Schwammberger, comandante del gueto de Przemysl en Polonia, quien arribó a Buenos Aires el 19 de marzo de 1949 procedente de Marsella. Tenía treinta y siete años. El 9 de enero de 1976, la Embajada de la República Federal de Alemania pidió su extradición que, tras un largo proceso, fue aprobada en febrero de 1988 y ratificada por la Corte Suprema el 20 de marzo de 1990. Son excepciones.
Durante los años que siguieron al final de la guerra, los rumores acerca de la llegada masiva a la Argentina de responsables de la barbarie y de sus secuaces inquietaban a los integrantes de la colectividad judía del país. Entretanto, las fronteras estaban formalmente cerradas para los judíos, quienes, para ser admitidos en el país, debían proclamarse cristianos.ii Esto no impidió que miles de refugiados judíos entraran al país durante esos años sometiéndose a la imposición gubernamental o de forma ilegal. Lo importante era conseguir un lugar en donde poder vivir. La humillación, bajo otra forma, continuaba.
Radislaw Ostrowski, líder del Gobierno pronazi de Bielorrusia, Franz Rademacher, Carl Peter Værnet, Hans Fischböck, Olivier Mordrel, Jan Durcansky, los croatas ustachas Milan Stojadinovich y Dinko Sakic, el checo Vojtech Hora, el holandés Willem Sasseniii, condenado a muerte por la justicia de su país por asesinatos masivos, los alemanes Gustav Wagner, Franz Röstel, Hans-Ulrich Rudel, Erich Müller, Aribert Heim, Friedrich Schwend, Herbert Habel, Franz Stangl, Friedrich Rauch, Constantin von Groman, Friedrich Warzok, Ivan Asancaic, Wilhelm Mohnke y Otto Skorzeny, Herbert Cukurs, Jacques de Mahieu, Vkekoslav Vrancic, Ludolf von Alvensleben, Andreas Riphagen, el germano-argentino Carlos Fuldner, quien llegó a pertenecer a un círculo cerrado de asesores del presidente Juan Domingo Perón, el francés Georges Guilbaud, Branco Benzon, Vlado Svencen, Oliverio Mondrelle, Milo de Bogetic, los belgas Jam Olij, René Lagrou y Pierre Daye, Abraham Kipp y Auguste Ricord son los nombres de algunos de los tantos criminales provenientes de toda Europa, cada uno de ellos responsable y participe del horror y la barbarie nazi, que ingresaron en la Argentina durante la presidencia de Juan Domingo Perón, a finales de la década de 1940 y principios de la siguiente. Casi todos estuvieron entre nosotros durante muchos años. La mayoría obtuvo sin demasiados problemas la nacionalidad argentina.iv
Los nombres se suceden, abruman. Nombres y más nombres de asesinos y torturadores que encontraron refugio en nuestro país, y aquí desarrollaron sus vidas como cualquier otro ciudadano, compartiendo las calles, el suelo, el agua, el aire, con sobrevivientes del horror, con hijos, con hermanos, con amigos de sus víctimas. Son nombres que personifican el terror, pero que nada significan para la mayoría de las personas. Tuvieron hijos, amigos, compañeros de trabajo, vecinos; formaron empresas, tuvieron comercios en los que compramos pan y fiambre, juguetes para nuestros niños, muebles, zapatos y ropa con la que vestimos y, sin saberlo, pudimos haber festejado cumpleaños de nuestros seres queridos con pasteles hechos por alguno de ellos. Pasearon por nuestros parques, se sentaron en nuestros bares, viajaron con nosotros en colectivos y trenes, participaron en la vida comunitaria y política de las localidades en que vivieron. Pudieron haber sido maestros y profesores nuestros y de nuestros hijos en distintos colegios y universidades. Incluso hubo quienes se incorporaron a la función pública, como el eslovaco Jan Durcansky, que ocupó durante años un alto cargo en la Dirección de Migraciones, y los que trabajaron como asesores y agentes del Gobierno en distintas áreas, incluido el Servicio Estatal de Inteligencia, como el belga René Larou, entre otros. Aunque casi todos usaban nombres de fantasía, la mayoría de ellos no vivieron escondidos. Estaban entre nosotros. Es posible que algunos aún vivan. Sólo unos pocos fueron descubiertos y, ya ancianos, fueron tardíamente extraditados, juzgados y condenados.
Durante mucho tiempo, se creyó que Martin Bormann, lugarteniente de Hitler, vivía en Bariloche con el nombre falso de Ricardo Bauer y que había muerto en la Argentina en 1975. La leyenda acerca de la presencia del segundo de Hitler en el país estaba tan instalada que, durante la década de 1960, era popular un dicho que decía: «Martin Bormann está vivo y goza de buena salud en Buenos Aires». En 1998, el Gobierno de Alemania puso fin al misterio: Bormann habría muerto en 1945, durante la caída de Berlín, según confirmaron pruebas de ADN realizadas a restos encontrados en la antigua capital del reich en 1972. ¿Fue realmente así? Otro relato sostiene que Bormann murió en Paraguay en 1959 y que sus restos fueron «plantados» en 1970 en el lugar de Berlín en donde se decía que había muerto. Apoya esta idea el hecho de que, cuando se hicieron las pruebas de ADN, el cráneo de Bormann, supuestamente, estaba impregnado de tierra colorada, inexistente en Europa.
Otra leyenda menos extendida, pero aún vigente, sitúa al propio Adolf Hitler viviendo después de la guerra en la zona de Bariloche. Otros testimonios afirman que el líder nazi estuvo en las Sierras de Córdoba, en el centro de la Argentina, alojado en el Hotel Edén de La Falda, propiedad de un matrimonio alemán nacionalsocialista. Un fino hilo parece separar ficción y realidad.
Caso diferente e inquietante es el de Ante Pavelic, fundador y líder del movimiento fascista Ustacha, quien gobernó el Estado independiente de Croacia con brutal fiereza entre 1941 y 1945, impuesto por las fuerzas ocupantes de Alemania e Italia. Pavelic, responsable del asesinato de centenares de miles de judíos y ortodoxos croatas, consiguió huir a la Argentina con ayuda de miembros de la Iglesia Católica de Italia y el beneplácito del cuerpo de inteligencia estadounidense. Llegó a Buenos Aires en septiembre de 1947 a bordo del buque italiano Andrea C, con pasaporte de la Cruz Roja Internacional a nombre de Aranjos Pal. Al igual que otros criminales de guerra, vestía hábitos sacerdotales. Hay quienes sostienen que en la Argentina Pavelic fue consejero de seguridad del presidente Juan Domingo Perón. En 1957, sobrevivió a dos intentos de asesinato supuestamente ordenados por el Gobierno de Yugoslavia, presidido por el Mariscal Tito, quien repetidamente había pedido sin éxito su extradición. Tras estos incidentes, sintiéndose amenazado, Pavelic huyó de la Argentina y se refugió en la España de Francisco Franco, donde murió a finales de 1959. Tenía setenta años.
La lista continúa. Klaus Barbie, conocido como el Carnicero de Lyon, responsable de miles de deportaciones y asesinatos de judíos y de combatientes de la resistencia francesa, llegó a la Argentina en 1951 con un pasaporte a nombre de Klaus Altmann, apellido del rabino de su pueblo natal. Permaneció en el país durante cuatro años. Algunos investigadores sospechan que durante su estancia trabajó como asesor de los servicios de inteligencia nacionales. ¿El Carnicero de Lyon era uno de los técnicos que Juan Domingo Perón consideraba útiles para mejorar el funcionamiento policial? En 1955, por motivos que se desconocen, Barbie se trasladó a Bolivia, donde rápidamente obtuvo la ciudadanía. En 1971, fue identificado por los buscadores de nazis Serge y Beate Klarsfeld. El Gobierno francés solicitó la extradición, pero el Gobierno militar de Bolivia rechazó el pedido. Recién en enero de 1983, un nuevo gobierno democrático decide arrestar y extraditar a Barbie a Francia, donde fue juzgado y condenado a cadena perpetua por crímenes de lesa humanidad. Murió en la cárcel en 1991. Tenía setenta y ocho años.
Entre los cientos, o quizás miles, de nazis que ingresaron al país en el período de posguerra hubo otros que, al igual que Barbie, utilizaron el territorio argentino como escala de tránsito hacia otros países. Es el caso de Walter Rauff, creador del sistema de exterminio masivo con camiones de gas utilizado en el frente soviético, acusado de ser responsable de la muerte de cien mil personas, en su mayoría judíos, quien pasó algún tiempo en la Argentina antes de radicarse en Santiago de Chile en 1958, donde murió en su casa en 1984 a causa de un ataque cardíaco. El Gobierno chileno rechazó varias veces los pedidos de extradición solicitados por el Gobierno alemán, a pesar de las pruebas presentadas.
Argentina no fue el único país del mundo en el cual los criminales de guerra nazi encontraron refugio. Chile y Brasil, y también España, Medio Oriente e incluso los Estados Unidos y la Unión Soviética no impidieron la entrada y permanencia de personas acusadas de cometer atrocidades durante la guerra.
Son muchos los criminales de guerra nazis que consiguieron escapar sin dejar ningún rastro. Algunos de ellos pudieron haberse refugiado en la Argentina o haber usado nuestro país como lugar de tránsito. Mencionaremos a tres oficiales de las SS, nacidos en Prusia Oriental entre 1907 y 1909, responsables de la muerte de miles de judíos: Franz Abromeit, nacido en Tilsit en 1907, que bajo las órdenes directas de Eichmann se encargó de la deportación, «redestinación» en la terminología utilizada por los nazis, de miles de judíos húngaros y croatas a Auschwitz; Horst Ahnert, nacido en 1909, quien, tras participar en la matanza de cientos de polacos y de judíos en Prusia Oriental, participó en la deportación de miles de judíos franceses, y Hans Böhme-Ehrlinger, nacido en Danzig en 1908, oficial al mando de un comando especial de un Einsatzgruppe de las SS en el frente este, responsable directo de la masacre de miles de judíos de Bielorrusia, entre ellos, los habitantes de Horodetz, el pueblo en el que habían nacido Abraham Czernik y sus hermanos Jeremías Czerniuk y Pinhas Czerniak, y de Antopol, donde fueron asesinadas su madre y sus hermanas.
Tras la finalización de la guerra, los tres oficiales de las SS se esfumaron y nadie volvió a saber nada de ninguno de ellos. Al menos, eso es lo que consta en los documentos históricos conocidos.

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